El mito del héroe de alguna manera
describe el proceso astrológico en que Leo surge de Cáncer (el héroe sale de su
aldea), llega a Escorpio, y allí lo espera la gran prueba, a matar o morir. Si
sobrevive llega a la sabiduría sagitariana y luego puede ir más allá. Pero
también puede volver a la aldea canceriana a contarnos sus aventuras y acaso
transformarse en autoridad (Capricornio). Por eso decimos que el estado mental
promedio de la humanidad está fijado en la zona Cáncer/Leo, que valora
únicamente la pertenencia y la individualidad. Desde esta posición, Acuario
aparece como utópico, impensable, extraño, frío y desamorado.
Hay algunas historias de la
ciencia ficción que tematizan justamente la perspectiva acuariana de la
realidad desde el punto de vista grupal, participativo e interactivo. Puedo
citar Más que humano de Theodore Sturgeon, y El fin de la infancia
de Arthur Clarke, las dos publicadas en 1953. Son consideradas obras maestras
del género, que coronan lo que los especialistas llaman la época de oro de la
ciencia ficción.
Ambas novelas carecen de “un”
protagonista; más bien son un grupo, o la mismísima humanidad como un todo
quien tiene el papel protagónico. En verdad, el real protagonista de estas
historias es lo vincular, o sea, el encuentro creativo de las diferentes
individualidades. También tienen en común que ambas novelas narran el próximo
paso evolutivo del homo sapiens.
Más que humano describe el nacimiento y
desarrollo del homo gestalt, una entidad colectiva formada por varios
individuos conectados telepáticamente, y que desempeñan diversas funciones a
partir de la articulación creativa de sus diferentes capacidades (la psicologia
de la Gestalt tiene el axioma de que el todo es más que la suma de sus partes).
Que en la novela los individuos de este ser grupal sean un débil mental, un
huérfano violento, dos niñas mudas, etc, subraya que nada particularmente apto
o especial es necesario para logar el éxito evolutivo. Intuyendo la estructura
holónica de la realidad, Sturgeon escribe: “... se vio a sí mismo como un átomo
y vio a su Gestalt como una célula, y vio en su conjunto el diseño del ser en
que, con alegría, llegaría a transformarse la humanidad... ”.
(...)
Si algo nos enseña el signo del Aguador
es que ser humano es ser más que humano. Que las estrellas, nuestros
cuerpos, nuestras mentes y las más humildes formas de vida forman parte de una
urdimbre infinita, tejida por inteligencias que seguramente nunca comprenderemos,
y a las que podemos abrirnos con vértigo y confianza o con vértigo y pavor. La
capacidad de sentir esta interconexión es lo que único puede llegar a hacernos
verdaderamente humanos.
Texto completo en la revista Uno Mismo de noviembre 2011
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